Chuches: realismo y competición en la piñata de Átomo Games

Chuches

Cuando estamos disfrutando de un juego de mesa y la comida llega para reclamar su protagonismo, siempre aparecen las caras de pánico en algunos jugadores. Entran en escena las miradas fulminantes hacia los dedos más grasientos y a las bocas que escupen de todo menos buenas ideas.

Escalofríos, irritabilidad y sonrisas forzadas son algunos de los síntomas que presentará alguien cuyo sufrimiento ya ha superado cualquier nivel de concentración y diversión. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando la comida ilustra todas y cada una de las cartas? Reseñamos Chuches, novedad de Átomo Games.

 

LA APERTURA DE LA PIÑATA

Chuches es un juego de cartas de 2 a 6 jugadores, con partidas de 15 minutos, recomendadas a partir de los 4 años. Se trata de una creación de Jorge Rodríguez, Juan Carlos Ruiz y Raúl López, con ilustraciones de Javier Boyano.

Los autores de Mascotas presentan otra propuesta familiar, donde los niños se convierten en los grandes protagonistas. Se une al catálogo de Átomo Games, estando ya disponible a un precio de 12,5 euros.

Chuches

Con el colorido como elemento principal, los participantes se trasladan a una fiesta de cumpleaños. Más concretamente, a la parte más divertida: la apertura de la piñata. Todos tratan de llevarse sus golosinas favoritas y, ya de paso, conseguir picar las muelas de los demás.

 

CHUCHES: UNA PARTIDA

La caja es la encargada de dar forma a la piñata, por lo que se utiliza en la preparación. Se introducen en ella las cartas equivalentes al número de participantes. Uno de ellos se pondrá de pie para darle la vuelta y que empiecen a caer. Los demás cogerán un puñado de cartas para volver a lanzarlo.

Una vez creado el escenario, cada uno recibe una carta de gustos, a mantener boca arriba. Será en ella donde se muestren sus gominolas favoritas y las más odiadas. Comienza la partida.

Durante su turno, el jugador deberá llevarse una chuche de la mesa cuya ilustración sea visible por completo. Si cuenta con un icono de acción, se lleva a cabo de forma inmediata. El antifaz permite robar una chuche a un rival y el regalo obliga a regalar una de la colección a alguien.

Con los fuegos artificiales, se coge un puñado de cartas para lanzarlo hacia arriba. La muela picada lleva a tomar esa carta para entregársela a un jugador. Si ya es propiedad de alguno, se pasa a otro, aunque eso afecte negativamente a quien realiza la acción.

Se repite la misma mecánica hasta agotarse las cartas, momento en que se inicia el recuento. Las chuches odiadas no puntúan, mientras que las demás recompensan con un punto. Las favoritas añaden uno adicional y la carta de muela picada resta tres puntos. El vencedor será quien sume la mayor cantidad.

 

CHUCHES: CONCLUSIONES

“¿Ya no se lleva eso de escuchar?”. El niño rubio de la esquina observa la situación, quizás planteándose qué sentido tiene todo este debate. La chica más alta del grupo insiste en que los huesos y los ositos son las chucherías más ricas de todas. A gritos, el de su derecha defiende las porciones de sandía, dejándose la vida en ello (y el aire de sus pulmones).

“¿Pero a quién no le van a gustar los ladrillos? Las chuches que pican son las mejores”, añade el de las mejillas rojas. Le interrumpen, casi al unísono, un “a mi me gustan los chicles de melón” y un “a mi me gustan los corazones”.

Cuando parecía que la cosa no podía tomar ya otro rumbo, comentan qué gominola odian. Como era de esperar, todos centran sus esfuerzos en comentar lo suyo, sin mucho interés en conocer las opiniones de los demás. Tiene toda la pinta de que el debate continuará con “la chuche favorita número dos” y “la chuche menos favorita número dos”, por lo que el más sensato del grupo se dispone a poner fin a la caótica situación.

Chuches

La única esperanza para el futuro de la especie se personifica. El chico rubio ocupa su asiento. Por lo pronto, con su presencia y seriedad ha logrado el silencio absoluto. Consciente de que tiene toda la atención, se dispone a iluminar a sus compañeros. “No os enteráis de nada. La mejor chuche es la nube y la peor el regaliz. La segunda mejor chuche del mundo es…”. La confianza en la humanidad acaba de derrumbarse.

Diseño atrayente, diversión y beneficios. Esta fórmula es fundamental para que los más pequeños de la casa disfruten de un juego durante mucho tiempo y para que los adultos estén encantados de que lo hagan. En Átomo Games conocen muy bien las claves para lograrlo.

Especializados en propuestas infantiles y familiares, la editorial lanza un título que cumple con las características de la ecuación. Sobre todo en cuanto a estética. Para que un niño quiera sentarse a la mesa, con la cantidad de entretenimientos que existen, es fundamental que el juego le entre por los ojos.

Chuches llama la atención. Y mucho. Su colorido y el realismo son los responsables de que todos quieran tener las cartas entre sus manos. Sobre todo las redondas. En esos momentos, se iniciarán los debates. Si bien acostumbran a dar como resultado escenas como la anterior, hay excepciones, sobre todo si algún adulto convence al grupo de la importancia de escucharse unos a otros.

Los niños quedarán maravillados con la representación de cada chuche, puesto que todas pueden encontrarse muy fácilmente en las tiendas. Las reconocerán y las asociarán a su sabor, ya que parece que están ahí. Con el primer objetivo cumplido, se da paso al segundo: la búsqueda de la diversión.

Chuches

Las cartas se introducen en la caja para lanzarse desde las alturas, siendo éste uno de los puntos más originales de la propuesta. Todos querrán ser el jugador que abra la piñata, por lo que es recomendable que ese rol se vaya intercambiando partida tras partida.

Tras esa lluvia, donde los demás también lanzarán montones, el escenario es espectacular. La mesa (y probablemente el suelo) se habrá llenado de un colorido inmenso y de unas ansias de dulce enormes. El reparto de las cartas de gustos, en forma de objetivo individual, dará comienzo a la competición.

La emoción no se diluye en ningún momento. De hecho, es más que habitual que los niños continúen en pie mientras tratan de recoger sus gominolas predilectas. Las reglas son extremadamente sencillas, por lo que no habrá problemas en asimilarlas.

Es en cada turno donde recogen una visible para, después, realizar la posible acción de la carta. Sólo hay cuatro disponibles y, además, se representan mediante iconos muy intuitivos. Así, las chuches comenzarán a volar de unas zonas a otras de la mesa a un ritmo rápido, sin pausas ni atropellos, independientemente del número de jugadores.

El recuento de puntos continúa haciendo uso de la sencillez máxima. Y vuelta a empezar, porque resulta realmente complicado disputar sólo una partida. Aunque la rejugabilidad aparece con sus cartas reversibles, creándose una disposición distinta del escenario en cada encuentro, sus autores la incrementan con la variante La piñata veloz.

Chuches

En ella, las cartas de gusto son ocultas. Incluso deberá permanecer boca abajo para su propietario tras haberla memorizado. Recurre a los turnos simultáneos, donde todos tratarán de coger tantas chuches como puedan con una sola mano, sin tener en cuenta las reglas básicas. La forma de puntuar es la misma.

Las risas estarán presentes en ambos modos, pero serán las grandes aliadas del segundo. Cumplidos los dos primeros puntos, aparecen los beneficios que aporta el juego a los más pequeños.

Además de potenciarse la socialización y la comunicación (aunque sea hacia uno mismo), se apuesta por la asociación de formas y colores entre las chuches y la carta de gustos. Aprenderán a mirar atendiendo a un futuro cercano, tratando de destapar aquéllas cartas que coincidan con su objetivo. Dicho de otro modo, comenzarán a hacer uso de la estrategia.

Los expertos sorprenderán al combinar ese beneficio propio con la opción de fastidiar a los demás, llevándose las chuches favoritas de los rivales. Serán ellos quienes mejor aprovechen las acciones, apareciendo momentos de concentración máxima. Los que, en una toma de decisiones constante entre puntos y acciones, se decanten por la opción más favorable.

Al incremento de la atención se le suma la práctica con las operaciones matemáticas simples. Aparece en el recuento final, donde tener en cuenta las chucherías preferidas, las odiadas y las neutrales. En este punto, es preciso ayudar a quienes puedan sentirse algo perdidos, sin ninguna presión.

Por descontado, educa en la salud dental, al dejar claro como el azúcar puede picar las muelas. En La piñata veloz, la memorización del objetivo se convierte en la gran protagonista. Va de la mano de la deducción y de la rapidez de reflejos, por lo que, aunque se renuncia a parte de los valores anteriores, se exprimen otros.

Aunque está recomendado a partir de los 4 años, incluso los niños de 3 años pueden jugarlo. En este caso, se recomienda ignorar los iconos de acción de las cartas. Dada su simplicidad, está abierto a todo tipo de variantes caseras que pudieran modificarr los objetivos o alguna norma en particular.

Una vez desgranada la fórmula, es habitual que queden algunas preguntas. ¿Las cartas no acaban desgastadas? Al igual que hay jugadores que sufren al tener la comida y la bebida cerca de sus juegos, también encontramos a aquéllos que lo pasan realmente mal al ver como sus cartas caen en picado una y otra vez (generalmente, es el mismo jugador).

Conscientes de ello, Átomo Games apuesta por cartas muy resistentes y de fondo blanco, ideales para disimular las esquinas dañadas. Sin embargo, por mucha calidad que tenga algo, es inevitable que con reglas así acaben sufriendo. La solución es no preocuparse demasiado, puesto que si renunciamos a la apertura de la piñata como tal o a la velocidad, Chuches dejaría de tener sentido.

Chuches

Enfundar las cartas sería el mayor error, y no sólo porque la mitad sean redondas. Dificultaría su recogida y arruinaría la experiencia de juego. Así, el propietario debe tener en cuenta, antes de adquirirlo, que no es un juego del que presumir en la estantería, sino uno para disfrutar en la mesa.

Al igual que es casi imposible disputar sólo una partida, también es muy complicado jugarlo sin querer chuches reales. Ese alto nivel de detalle, excepto en algunas cartas que se muestran algo pixeladas, es el responsable de que se nos haga la boca agua recordando cada sabor.

¿La solución? Jugarlo con un bol de chucherías al lado. Es decir, para que el precavido dueño del juego tenga más motivos para sufrir que por unos bordes picados. Otra opción es recurrir a las chuches como premio para el ganador, en recompensa a su esfuerzo, o para todos los jugadores cuando se marchen a casa.

El que es un plan perfecto entre niños, también puede serlo entre adultos. Cuando los pequeños se hayan marchado, los mayores también querrán abrir la piñata. Disfrutarán fastidiando a los demás y luchando por su objetivo, tanto en una modalidad como en otra.

Lo curioso, o quizás no tanto, no es que también vayan a por un puñado de chuches para acompañar la partida. Es observar como esos debates de “a mi me gusta” y “a mi no me gusta”, sin escuchar al prójimo, siguen siendo una realidad.

 

COMPONENTES DE JUEGO

  • 16 Cartas de Chuches Pequeñas Cuadradas
  • 16 Cartas de Chuches Pequeñas Redondas
  • 16 Cartas de Chuches Grandes Cuadradas
  • 16 Cartas de Chuches Grandes Redondas
  • 6 Cartas de Gusto
  • Carta de Muela Picada
  • Instrucciones (castellano, inglés)